La "virtualidad" no es algo nuevo en la historia de la humanidad. Desde el mito de la caverna de Platón, pasando por las imágenes o leyendas de la Edad Media, hasta la visión –no desde la fe– de la percepción cristiana de la eucaristía, la virtualidad, entendida como semblanza de realidad (pero no real), ha estado siempre presente entre nosotros.
Hoy en día la tecnología nos brinda ese potencial, de posibilidad de incluso, visionarlo con nuestros propios ojos, reconstruir la imaginación, de hacer realidad visual nuestras ideas. Se trata de lo que paradójicamente llamamos "realidad virtual". Hoy existe, además, la posibilidad ampliamente difundida de construir auténticas comunidades virtuales, es decir, espacios no físicos y atemporales de interacción humana.
El paso del hombre en la tierra está ligado a la fabricación permanente de herramientas y con ello el ingreso a nuevos espacios cada ves más elaborados. Pero tan pronto ello ocurre surge lo virtual, entendido como lo que genera inestabilidad.
Lo virtual y lo actual son inseparables, aunque esté en oposición uno frente al otro. La virtualización es el paso que hay entre lo actual y lo virtual y ello solo puede ocurrir en tanto el objeto o entidad actualizado se mantenga como problema siempre planteado. La virtualización no consiste en pasar de la realidad a un conjunto de posibles, pero si es un vector vital en la creación de la realidad.
Una de las características principales de la virtualidad es que es desterritorializada, deslocalizada, no se puede atrapar en un espacio y tiempo fijos. En el ciberespacio las relaciones que establecen los grupos de personas independientemente de su cultura, idioma, territorio... evidencian como la dinámica de la virtualidad rompe con cualquier frontera.

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